Historia de Palos de la Frontera
 

Aunque los orígenes míticos o legendarios de Palos de la Frontera se remontan a épocas antiquísimas, y ciertamente, sin la entidad que estas fuentes le otorgan, el poblamiento de la zona está confirmado desde el Paleolítico Superior, podemos considerar que la Villa de Palos nace a la Historia en 1379, cuando Juan I se la concede a Alvar Pérez de Guzmán, que por aquel entonces contaba con unos catorce años, como compensación de las villas de Huelva y Gibraleón que le había arrebatado para otorgarlas a la Duquesa de Medinaceli.

Y fue Alvar Pérez, verdadero padre y fundador de la Villa , quien en 1385 consigue una carta de repoblación, eximiendo de tributo real, a las cincuenta primeras familias que se asentaran en Palos, sobre todo lo que produjeran para su propio consumo. Esta medida consiguió su objetivo. Sin embargo la escasa población y, sobre todo, las actividades agropecuarias que penosamente la sustentaban, no ofrecían realmente una notable diferencia con épocas pasadas.

A medida que iba creciendo el número de habitantes de la Villa palerma, se ponía dramáticamente de manifiesto que su escasez de tierras, 4873 Hectáreas , poco fértiles y mal regadas por un clima parco en precipitaciones, no iban a permitir su crecimiento y normal desarrollo. En cambio poseía la zona unas condiciones muy favorables para dedicarse a las actividades marítimas.

El histórico Puerto de Palos, hoy prácticamente desaparecido, aunque mejor conocido por los recientes estudios de que ha sido objeto por el Departamento de Geofísica Aplicada de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Minas de Madrid y el Departamento de Arqueología de la Universidad de Sevilla, estaba ubicado en el curso inferior del río Tinto, llamado en esta zona Canal de Palos, a unos cuatro kilómetros de su desembocadura en el Atlántico y confluencia con el Odiel, donde, por influencia de las mareas, se han creado estuarios que albergan, desde hace siglos, excelentes puertos.

El Puerto de Palos debió surgir de forma coetánea al crecimiento de la propia villa. En sus inicios sería sólo un fondeadero para pequeñas naves dedicadas, casi exclusivamente, a la pesca en playas y esteros, y a ocasionales transacciones comerciales de abastecimiento de la reducida población.

Cuando se habla del Puerto de Palos suele pensarse en en un Muelle, influidos tal vez por la triste imagen del viejo muelle de la Calzadilla. Es un error. En las Ordenanzas Municipales de Palos (1484-1521), dedicadas en su mayoría a regular las actividades marítimas de la villa, jamás se utilizan los términos de puerto o muelle. Las carabelas palermas "aportaban a la ribera", donde se descargaban las mercancías y se procedía a la subasta o "almoneda" del pescado. Es decir, las actividades portuarias no se concentraban en un punto, sino que se repartían a lo largo de la orilla del Tinto, lo que, obviamente, es más lógico teniendo en cuenta el volumen de naves y mercancías, relativamente elevado, que debían atender.

Porque, a pesar de que Palos poseía una extensa línea litoral que abarcaba toda la fachada atlántica desde la desembocadura del Tinto hasta el Río de Oro, lindante con el término de Almonte, donde se integran las playas de Julián, Morla y Mazagón, las características de esta costa de configuración rectilínea, con abundante arena y expuesta a los vientos, la descalificaban para el asentamiento humano y el establecimiento de un puerto estable.

En cambio, el río Tinto ofrecía magníficas condiciones para la creación de un puerto interior o fluvial: fácil acceso al mar y resguardo contra los vientos y ataques piráticos, principales inconvenientes de los puertos marítimos. La existencia, además, de marismas con inextricables canales, acentuaban su carácter de refugio para los navíos.

Progresivamente, el río se convirtió en la principal vía de comunicación para los palermos, y el Puerto en el eje de sus relaciones con las otras villas de la comarca. Esta orientación marítima modificó la estructura de poblamiento cónico que, alrededor de la Iglesia y el Castillo, se había desarrollado desde la fundación. La calle de la Ribera , que unía el núcleo del pueblo con su Puerto se convirtió en la arteria principal de la localidad, y el Puerto en el auténtico corazón de la economía palerma.

A partir del primer tercio del siglo XV, el Puerto de Palos experimentó un auge continuo que rebasó el estrecho marco comarcal alcanzando dimensiones internacionales, como lo atestigua el hecho de que naves inglesas, bretonas, flamencas e italianas fondearan en sus aguas con cierta frecuencia. En vísperas del Descubrimiento de América, toda la ribera comprendida entre los actuales muelles de Palos y La Rábida debió ser testigo de las actividades portuarias de la Villa. Las carabelas anclaban en el centro del río, donde la profundidad era suficiente para sus calados, y pagaban por ello los derechos de anclaje correspondientes. Desde ellas, barcas y chinchorros cargaban o descargaban las mercancías "amarrando en la ribera".

Por otra parte, a través del estero, actualmente seco, que conectaba con la ría, los marinos podían llegar a un embarcadero situado junto a la Fontanilla , en el núcleo de la población. Y era utilizado, sobre todo, por los vecinos del lugar, ya que los marinos de otras zonas se aposentaban en las instalaciones de la Ribera , fuera del casco urbano.

Cerca de la orilla del Tinto existía un edificio para bodegones y almacén conocido con el nombre de ALOTA. Era en este bodegón de la Alota donde se procedía al registro de las mercancías que llegaban a la villa por mar, y también era el lugar donde se subastaba el pescado. En la Alota palerma se contrataban las pesquerías de buena parte de la comarca, e, incluso, dos palermos, Juan Venegas y Pedro Alonso Cansino, se encargaban de conceder licencias para pescar en agua atlanticoafricanas, en la zona comprendida entre el Cabo Bojador y el Río de Oro, que tenían arrendada a los Reyes Católicos.

La Alota , propiedad señorial, era además arrendada como Mesón o Posada para marinos forasteros. El arrendador del bodegón de la Alota se comprometía a conservar el edificio y "las dos chozas que tiene fuera, la fuente y el horno".

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Escudo: De azur tres carabelas al natural en la mar sobre ondas de plata, entre dos mundos nacientes de los flancos. Bordura de oro con cuatro panelas de gules y cuatro áncoras de sable.

Al timbre: corona real abierta.

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