Historia de Nerva
 

Los primeros pobladores, por el tipo de útiles y ajuares hallados, tienen más de cinco milenios de antigüedad y se organizaron en clanes, dedicados a la caza y la recolección. De este período son algunos conjuntos dolménicos hallados al Suroeste de Nerva; donde destaca el Dolmen de la Lancha, de la cultura de los «Tholos», preludio de una actividad minera que va a marcar la historia de Nerva y de toda la comarca.

    En torno al II milenio a. C., el laboreo del cobre y la plata determinó la presencia de asentamientos humanos estables y socialmente evolucionados y complejos. Representativo de esta fase es el enterramiento de «La Parrita», donde queda reflejado, a tenor de los enseres y ajuares aparecidos, las diferencias sociales basadas en un sistema productivo en torno a la tenencia de mineral.

    Pero será desde los siglos X al VIII a. C. cuando encontramos una cultura organizada en torno a la producción de metales y el comercio con otras culturas mediterráneas. Este período tartésico supone un paso más en el perfeccionamiento de las técnicas de fundición y el aprovechamiento de las vetas argentíferas, marcada por un laboreo de la plata de corte casi industrial. Ello propiciará el interés de numerosos pueblos orientales con quienes se estableció estrechas relaciones comerciales a partir de distintos puntos del litoral atlántico. Este comercio se extendía hasta el Noroeste peninsular, desde donde se traía el estaño a cambio de esclavos y metales preciosos. «...Las fundiciones antiguas de Corta del Lago se ponen en marcha en la época del Bronce Final (s. XII-IX a. C.) y siguen en tiempos de Tartesos, de los Fenicios y de la Koiné Ibero-púnica (...)» (Frejeiro y Rothenberg, 1981).

    El final de la etapa tartésica, siglos VII y VI a. C., coincide con la caída del comercio fenicio. Se produce un estancamiento cultural que se acrecienta en los poblados mineros; es la etapa orientalizante que supone un fuerte proceso de aculturación claramente refrendado en los tipos de enterramientos y en los útiles religiosos.

    Hacia el año 500 antes de nuestra era, a lo largo de la fase iberoprerromana, a pesar de ser una época poco innovadora, la metalurgia se encuentra muy bien representada en el paraje conocido como Cerro del Moro, donde han aparecido escoriales y vestigios de una sociedad artesanal basada en la continuidad de la fundición de plata y el desarrollo de una industria textil en torno al lino y a la lona.

    Con la llegada de la administración romana, se produjeron nuevos impulsos al desarrollo minero. Las necesidades metalíferas y la organización y administración del trabajo provocaron un cambio radical. Se extrajo el mineral de galerías, se aprovechó metales como el hierro y el cobre y se instauró el trabajo esclavista. Representativos de la cultura romana en el entorno de Nerva son la necrópolis de Marismillas y los escoriales de Tres Cruces, correspondientes a la época de la República y del Alto Imperio. Con el Bajo Imperio, desde el siglo IV, decae la explotación minera, coincidiendo con la crisis de la organización impuesta por Roma.

    La Edad Media supuso una vuelta atrás, pasando la actividad minera a ocupar un segundo plano hasta el siglo XVI. El sistema agropecuario se impone durante la etapa musulmana. Será durante el Califato, gracias a la estabilidad política y al auge económico, cuando se desarrolle una interesante industria minera y de transformación, aunque sin alcanzar la importancia de tiempos anteriores, cuando procesos como el laminado y la fabricación de moneda tuvieron cierta relevancia (Roldán Castro, F., 1988). De estas fechas datan restos de fortificaciones árabes halladas en Cerro Salomón.

    Con la conquista cristiana, a mediados del siglo XIII, se abre un período de marginalidad, olvidándose casi la cultura minera de antaño y las riquezas que todavía encerraba este subsuelo. Tres siglos después, en el XVI, hubo un anecdótico intento de reabrir las minas, al objeto de obtener plata, aunque sin demasiada fortuna. Fue el caso del clérigo Diego Delgado, quien, en tiempos de Felipe II, emprendió la explotación de plata, teniendo que desistir de su intento debido a su «baja rentabilidad».

    Habrá que esperar al siglo XVIII, concretamente a 1724, para que la minería se active. La concesión de las minas por el rey Felipe V al sueco L. Wolter reinicia las explotaciones de mineral. La subida al trono de Carlos III supone un intento de modernización del país y ello tendrá su impronta en la implantación de modernos sistemas de trabajo para conseguir que las minas tuvieran un carácter industrial. Se comienza un tímido proceso de crecimiento económico y demográfico que ya no pararía hasta la segunda mitad del siglo xx. En las décadas sucesivas se producirían continuos cambios en la titularidad de las explotaciones, quedando unas veces a cargo de la Hacienda pública y otras en manos privadas mediante concesiones. De todas formas, los resultados y beneficios no fueron por entonces nada brillantes.

    Con la llegada del siglo XIX, las producciones de cobre se multiplican gracias al empleo de una nueva forma de beneficio del mineral, denominada vía seca. Esta consiste en la tostazón del mineral en grandes pilas, conocidas como teleras, sobre leña y ramajes que se consumían de forma muy lenta y que supuso la tala de buena parte de la masa forestal. Ello generaba una manta de humo que llegaba a invadir toda la comarca, contaminando con la lluvia ácida cultivos y vegetación natural (Pérez López, J. M.; 1994). Tal fue el problema ecológico que se convirtió en una de las causas principales de los graves disturbios sociales que caracterizaron el final del siglo XIX (Sánchez Carrera, M. C.; 1988). La situación social que se vivía en la comarca, a consecuencia de los humos sulfurosos procedente de la combustión del mineral al aire libre, era insostenible, provocando graves trastornos de salud.

    La revuelta popular de 1888, donde murieron decenas de mineros y jornaleros, fue algo más que desórdenes callejeros, para convertirse en el inicio de una lucha que ponía en evidencia el orden social y económico establecido.

    Tras su compra en 1873, se inicia los años de administración inglesa de las minas, con la creación de_ RioTinto Company Limited (Avery, D.; 1985). Este hecho supuso un vuelco sin precedentes en la situación socioeconómica comarcal y en el conjunto de estructuras establecidas en torno a la minería. La introducción y aplicación de nuevas tecnologías como el vapor y la explotación de las minas a cielo abierto ocasionaron en toda la comarca un flujo de inmigrantes y un crecimiento poblacional sin precedentes.

    La intensa concentración de población obrera inmigrante en Nerva traería consigo problemas urbanísticos, económicos y sobre todo sociales, derivados de la situación de hacinamiento, del desasosiego laboral y de las condiciones de trabajo en la mina, que desencadenarían un proceso de luchas sociales hasta pasados los años 20. Sindicalistas y políticos vieron en Nerva las condiciones idóneas para el desarrollo de sus ideales. La clase obrera no dudó en responder a los movimientos políticos marxistas, anarquistas, etc., que por aquellos años se gestaban.

    En este sentido, desempeñaron un papel fundamental en la organización del movimiento obrero nervenses como Vicente Ramos, Eladio Fernández Egocheaga, Félix Lunar, etc., quienes, desde Nerva y aprovechando su situación de independencia respecto de los poderes fácticos de la mina, vertebraron el movimiento obrero comarcal. «Toda aquella ideología se puso en práctica en Nerva y en las Minas, durante este período de huelga y conflictos contra la Compañía de Ríotinto, cumpliendo los socialistas y anarquistas el papel histórico que los momentos sociales y políticos les obligaban a jugar.» (Gómez Moreno, J., 1992.)

    En 1898 se produciría en Nerva el llamado «motín de las mujeres», cuando se manifestan por las calles del pueblo, en protesta por la carestía de los alimentos que controlaba, en gran medida, el economato de la Compañía. Posteriormente, tendría lugar la huelga general de 1900 en respuesta a los despidos masivos que provocó la introducción de maquinaria pesada en los trabajos mineros; a la que se suman las huelgas generales de 1917 y 1920, también duramente reprimidas.

    Con la Guerra Civil volverían a reproducirse hechos tristes y lamentables, de grave repercusión en la vida de la villa y que dejarían importantes secuelas. Las dos décadas siguientes fueron años de penuria para sus habitantes, marcados por la hambruna y la falta de libertad. Esta situación se empezaría a superar a partir de 1954 con el cambio en la propiedad de las minas y la compra de dos tercios por las autoridades españolas.

    La poderosa compañía británica se reconvierte en la Compañía Española de Minas de Ríotinto. Se abriría una última fase de franca expansión, que llegaría hasta mediados de los años 60. Desde entonces, tiene lugar una profunda inflexión en el crecimiento económico de Nerva, marcado ahora por un profundo declive que se manifiesta, entre otras cosas, en el drástico descenso poblacional.

    La explotación del gossan en Cerro Colorado y las fluctuaciones en el precio del cobre marcarían el devenir de Nerva y de toda la comarca, cuya subsistencia directa e indirecta ha dependido, desde hace más de un siglo, de la explotación de las minas y de la gestión que la empresa propietaria ha hecho de ella. Un momento coyuntural especialmente delicado fue el año de 1986, cuando la empresa decide cerrar la línea del cobre. El bajo precio de este mineral, la aparición de la fibra óptica, la caída de los índices de competitividad y el control del mercado del cobre y la pirita por poderosas multinacionales norteamericanas asentadas en el Sureste asiático provocaron una aguda crisis. Movilizaciones y regulaciones de empleo buscaron el compromiso de empresa, administración, sindicatos y otros poderes públicos de dar soluciones al futuro de la minería.

    El último paso ha sido la compra de la empresa por los trabajadores y su conversión en Sociedad Anónima Laboral, en cuyo proceso los vecinos y mineros de Nerva fueron importantes protagonistas; y es que este pueblo continúa viendo la minería como una actividad viva.

 
 
   
   
 
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Escudo: De oro una garza al natural con una cadena rota de sable en su pico y el resto de eslabones terrasados, al igual que la garza, de sinople.

Al timbre: corona real cerrada.

Superficie: 55 Kms².
Distancia a la capital provincial: 62 kms.
Alt. sobre nivel mar: 332 ms.
Población: 5.936 p.
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