Historia de Córdoba

Las informaciones disponibles sobre la Córdoba anterior a la fundación romana, son imprecisas y están basadas, generalmente, en testimonios arqueológicos. Las primeras noticias de la existencia de 'Corduba' datan del período del Bronce final. Existió un poblado indígena con dicho nombre cuyo significado más probable es altozano cerca del río en la zona del actual parque Cruz Conde; y donde hoy se hallan el Teatro Municipal de la Axerquía y la zona universitaria, tuvo su asentamiento un tell que proporciona los vestigios más antiguos finales del segundo milenio A.C. de la Córdoba pre y proto- histórica.

Por su posición en un lugar de gran valor estratégico, 'Corduba', sirvió de emplazamiento, primero provisional y después definitivo, a tropas romanas. Desde entonces 152 a.C. Córdoba se convierte en una colonia latina que perduró, gozando de tal estado, hasta fines de la República. Estrabón nos da noticia de que esta primitiva Córdoba, situada al noreste del abandonado emplazamiento original, tuvo una población compuesta por romanos selectos e indígenas escogidos, términos vagos en los que, posiblemente, deba de buscarse el carácter de ciudad doble dípolis que tuvo la Córdoba de ese período , compuesta por dos 'vici' o distritos perfectamente diferenciados uno situado en torno al foro donde está hoy la planta del templo y otro, cercano al núcleo original. Enseguida se afirmó la utilidad administrativa de la ciudad recién creada, que facilitaba la seguridad y el avituallamiento de las legiones romanas, por lo que pasó a ser considerada como capital oficiosa de la Hispania Ulterior.

Pero será a partir de las guerras civiles entre César y Pompeyo, cuando Córdoba entra plenamente en el devenir histórico. Al principio, la ciudad permaneció indecisa entre la facción de uno u otro general, aunque abundasen los partidarios de Pompeyo, porque la ciudad fue cuartel general de sus tropas y principal tribunal de justicia de la provincia. Tras la victoria de César, sufriría una grave destrucción y una merma demográfica considerable; sin embargo, no perdió sus privilegios anteriores, pues el gobernador trató con gran deferencia a sus pobladores, y mantuvo buenas relaciones con los círculos aristocráticos de Córdoba, entre ellos la familia Annaeus a la que pertenecieron los dos Sénecas, el retórico y el filósofo y el poeta Lucano.

Séneca es la figura más importante de la Córdoba hispanorromana, y aunque fue llevado siendo muy niño a la capital del imperio, en donde llegó a ser preceptor de Nerón, su relevancia fue tal que, todavía hoy, los actuales cordobeses presumen de reconocer como propias algunas de las virtudes de aquel acaudalado patricio y profundo filósofo estoico.

Una vez concluida la guerra civil, Córdoba recibió el estatuto de colonia, con lo que se convirtió en la capital de la recién creada provincia Bética, tras las reformas administrativas emprendidas por Augusto.

Durante los tres primeros siglos del Imperio romano, la ciudad experimentó un gran impulso, debido al status derivado de la capitalidad. Autóctonos y romanos se mezclaban al casarse; la curia municipal, con cien decuriones, era la más floreciente de Andalucía; existían escuelas de gran nivel; y algunos cordobeses lograron acceder al rango de senadores en Roma. En aquella época, Córdoba era el centro del que partían los correos oficiales hacia las urbes y la sede de los archivos administrativos, en ella se guardaban las listas de los censos provinciales; el comercio de aceite, minerales y productos agrícolas adquirió una gran pujanza y a ello contribuyó también la construcción de la Vía Augusta, que pasaba por el puente romano del Guadalquivir, que todavía se conserva, y unía Linares con Cádiz y la Bética con los restantes asentamientos hispanos.

Córdoba fue amurallada como demuestran los vestigios arqueológicos y a las faldas de su sierra fueron construidas numerosas villas de recreo.

Será con Diocleciano cuando se inicie el declive, la capitalidad se desplazó a "Hispalis" (Sevilla) y comenzó la expansión del cristianismo en tierras cordobesas. La nueva religión tuvo su figura más destacada en el obispo Osio, quien participó en el Concilio de Ilíberis, localidad cercana a Granada, y en el de Nicea, en donde adquirió gran renombre; fue el momento en que las comunidades cristianas comenzaron a tener importancia como demuestran los sarcófagos paleocristianos, encargados en su día a Roma, y que hoy se conservan en el Alcázar y en el Museo Arqueológico.

En el siglo V se produjo una profunda transformación. Córdoba fue saqueada por los vándalos, quienes dieron su nombre actual a la extensa región andaluza. El poder romano fue desapareciendo, aunque no lo hicieron la mayoría de sus instituciones, y se asentó en la Bética un dux visigodo. Córdoba sufrió durante algún período las rivalidades entre facciones que luchaban por el poder, como es el caso de las luchas entre Leovigildo y su hijo Hermenegildo que acabaría con la conquista de Córdoba por aquel.

A partir de ese momento, una minoría dominante, dependiente del reino visigodo de Toledo, se impuso a la mayoritaria población hispanorromana que vio cómo los comes y duques se adueñaban de sus palacios y monumentos. Durante el reinado del católico Recadero, los visigodos construyeron la basílica de San Vicente según cuenta la leyenda, sobre un templo romano en honor del Sol en el mismo lugar que posteriormente ocuparía la célebre mezquita aljama.

Fueron constantes las revueltas nobiliarias, lo que conduciría a las guerras civiles que precedieron a la invasión musulmana.

En plena canícula del año 711, Córdoba fue conquistada por los generales del invasor árabe Tariq. Lo cierto es que, más que de una conquista, se trató de una entrega voluntaria, sellada mediante un pacto que respetó la vida de los habitantes, excepto la de cuatro cientos caballeros que se hicieron fuertes en la antigua iglesia de Santa Victoria, situada extramuros y sufrieron un dramático destino. Desde el primer momento, los invasores instalaron la sede de su gobierno en el alcázar visigodo, situado en las cercanías del actual Alcázar de los Reyes Cristianos, y designaron un wali o gobernador.

A los cinco años de la conquista, los árabes distinguieron a Córdoba con la capitalidad de las tierras de AlAndalus, que hasta entonces había ostentado Sevilla, y era gobernada por un emir al que el califa de Damasco le otorgó la independencia. Se reconstruyó el puente romano, se restauraron las murallas y en la margen izquierda del Guadalquivir se fundó el arrabal, denominado Secunda, hoy Campo de la Verdad.

En menos de cincuenta años Córdoba se convirtió en la ciudad predilecta de los invasores, y en ella se fundó una primitiva mezquitaaljama cuando los omeyas y los abasidas se separaron definitivamente, tras una pugna sangrienta. En el año 756, el príncipe omeya Abderramán derrotó, en las puertas de Córdoba, al emir abasida y se alzó, convertido ya en Abderramán I, como la única autoridad de Andalucía. Aunque construyó a tres kilómetros del centro urbano, en las faldas de la sierra, la residencia de Arruzafa e impulsó al establecimiento de la mezquita en el año 786, siempre fue un extranjero no integrado en la población, de la que gustaba vivir distante.

Sus sucesores propiciaron el desarrollo de la cultura y en Córdoba se asentaron místicos, maestros orientales, matemáticos, médicos, filósofos, poetas. Se acabaría de construir la mezquita que fue ampliada por el soberano Abderramán II.

Poco a poco, la civilización árabe se iba consolidando; se fueron construyendo numerosos baños, mezquitas, fábricas de tapices y distintas obras hidráulicas. La arabización fue asumida sin problemas por muchas familias de los antiguos visigodos los muladíes , pero tuvo que vencer la oposición de los cristianos que vivían bajo dominio árabe los mozárabes. Estos fueron aplastados de forma expeditiva, y algunos, como San Eulogio o San Pelayo, murieron martirizados.

La máxima grandeza de la Córdoba musulmana fue conseguida por Abderramán III. Tomó el título de Califa en el año 929 e hizo de Córdoba un califato independiente de Damasco y la ciudad más floreciente, culta y poblada de Europa. Volvió a ampliar la mezquita, y la dotó de un patio con pórticos. A ocho kilómetros de la capital, edificó el suntuoso palacio de Medina Azahara, en honor de una de sus favoritas, y para albergue de su corte. Su lujo oriental fuentes de mercurio, celosías de alabastro y elegancia fueron el asombro de sus visitantes. Se cuenta que llegó a sembrar con almendros todo el espacio que separaba Medina Azahara de la ciudad de Córdoba para, de esa manera, recordar anualmente el efecto estético de una nevada que, según la leyenda había caído sobre la ciudad. Su hijo Alhakem II remató las obras palaciegas, volvió a ampliar la mezquita y consiguió reunir una biblioteca de cuatrocientos mil volúmenes, la más importante del mundo. Según fuentes árabes, durante su califato, la ciudad alcanzó el millón de habitantes, y llegó a tener mil seiscientas mezquitas, trescientas mil viviendas, ochenta mil tiendas e innumerables baños públicos.

Ese esplendor empezó a declinar durante el reinado de su sucesor, quien dejó el gobierno en manos del caudillo Almanzor, el cual efectuó la última ampliación de la Mezquita, de decoración menos suntuosa. No pudo evitar que el Califato comenzara a desmembrarse, dejando de existir en el año 1013, debido a las guerras civiles, que acabaron con el poder central y fomentaron por toda Andalucía la formación de los reinos de taifas. Los beréberes, ayudados por el rey Sancho de Castilla, se apoderaron de Medina Azahara, símbolo del esplendor califal, en el año 1010; la incendiaron, la saquearon, y casi la redujeron al estado de destrucción en que se encuentra en la época actual (según atestiguan las ruinas que hoy se excavan y estudian). En la construcción de muchos edificios de la Córdoba posterior se utilizaron sillares procedentes de este palacio. Incluso las dovelas de la Giralda sevillana estuvieron antes en esta mansión cordobesa que igualaba en fantasía creativa a los palacios de las mil y unas noches.

Durante los siglos XI y XII, Córdoba fue una taifa más. Cayó en poder de Sevilla en la época del rey poeta Motamid, y desde entonces arrastró una decadencia irremediable, hasta que su último reyezuelo, Ibn Hud, perdió la ciudad a manos de Fernando III el Santo.

Sería inacabable la relación de sabios y artistas que se dieron cita en la Córdoba califal; por eso, en este bosquejo histórico, sólo cabe hacer referencia, dada la transcendencia que posteriormente tuvieron en la cultura occidental sobre todo durante el Renacimiento, al poeta Ibn Hazam (994-1064), al filósofo Averroes (1126-1198) y al médico pensador judío Maimónides (1135-1204).

El 29 de junio de 1236, festividad de San Pedro y San Pablo, Córdoba cayó en poder de la dinastía castellanoleonesa que encabezaba el rey Fernando III, el cual llegó con sus huestes y con la Virgen de Linares; esta imagen se conserva en el santuario del mismo nombre, situado a 12 kilómetros de la capital, en un bello paraje. Tras firmarse las capitulaciones la población musulmana fue erradicada de la ciudad. En tiempos de Fernando III comenzaron a construirse nuevas iglesias, hasta alcanzar el número de catorce parroquias, que pueden adscribiese, genéricamente. al llamado estilo fernandino o de la Reconquista: transición del románico monacal, al gótico castellanizado, caracterizado por una sólida fábrica, artesonados mudéjares y arcos de nervadura en ojiva.

Con el rey llegó un grupo de castellanos, procedentes de León, Toledo, Talavera, Burgos y navarros, que se repartieron las propiedades los latifundios y minifundios procedentes de la época romana; y se intensificó la creación de los señoríos oligárquicos.

Pese a los nuevos asentamientos, no cambió el signo de la ciudad: siguió siendo el epicentro de contiendas civiles. Lo había sido en la época romana, más tarde con los visigodos y continuó siéndolo con los cristianos.

Sólo con los Reyes Católicos se apaciguaron las disputas. En 1478, Fernando e Isabel llegaron a Córdoba para terminar con las pugnas feudales. En 1482, durante una larga estancia, nació su hija doña María, luego reina portuguesa, y además establecieron en la localidad el tribunal de la Inquisición, que produjo en Córdoba numerosas víctimas. En 1486, de nuevo en la ciudad, recibieron a Cristóbal Colón que les presentó su proyecto ultramarino que fue considerado irrealizable. El futuro almirante tuvo amores con la cordobesa Beatriz Henríquez de Arana, de los que nació Hernando Colón. Cordobés eminente de esta época es, también, Gonzalo Fernández de Córdoba, natural de la cercana Montilla, conocido universalmente como el Gran Capitán al ser elevado a la gloria militar por sus campañas.

Posteriormente, con los Austrias, a pesar de que construyeron la Puerta del Puente y la plaza de la Corredera y se realizaron las cortes de 1570 con Felipe II, Córdoba vio cada vez más disminuida su importancia y su población.

En el siglo siguiente durante el reinado de Felipe IV tuvo lugar el motín del pan debido a la escasez de trigo. La ciudad pasaba por un crítico período del que los Borbones tampoco supieron sacar a la cuidad que iba sumiéndose en una mayor decadencia; lo que no obsta para que se construyesen importantes retablos barrocos y algunos palacios.

Entre los primeros, destacan los realizados por Gómez de Sandoval, y entre los segundos, el Colegio de la Compañía. También, en este momento comenzaron a erigirse los Triunfos, monumentos muy característicos, dispersos por varias plazas de la ciudad, con San Rafael arcángel al que los cordobeses son muy devotos coronando una columna; se construyeron también la conocida plaza de los Dolores y el Colegio de Santa Victoria, de Ventura Rodríguez.

Ya durante el siglo XIX Córdoba vivió una gran exaltación patriótica durante la Guerra de la Independencia en la que tomó parte muy activa el poeta romántico cordobés Ángel de Saavedra, más tarde duque de Rivas. En esta contienda, la ciudad sufrió una drástica represión.

En los años que siguieron a la Guerra de la Independencia, Córdoba vivió un período de tensas disputas entre absolutistas y liberales.

Durante el reinado de Isabel II, Córdoba fue cuartel de los liberales que en 1868 derrotaron a los realistas en el puente de Alcolea, lo que significó el destierro para la soberana.

No sería hasta mediados del siglo XX cuando la ciudad cambió su fisonomía, potenció las tradiciones populares y se modernizó.

 
 
   
   
 
El escudo de Córdoba en plata, un león rampante, de gules, linguado de lo mismo uñado de oro y coronado del mismo metal; bordura componada de dieciocho compones: nueve de gules, con un castillo, de oro almenado y mazonado de sable y aclarado de gules, alternados con nueve de plata, con un león  rampante, de gules, linguado de lo mismo, uñado de oro y coronado del mismo metal.
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